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Mercado y sustentabilidad energética

  • 13 jul 2017
  • 3 Min. de lectura

Antes de la reforma Energética, el sector eléctrico mexicano se desarrollaba con una lógica monopólica y a partir de varias premisas que se creían inamovibles: 1) Grandes centrales de combustibles fósiles.

2) Imperio de la demanda y sometimiento automático de la oferta, es decir, respuesta inmediata de la generación eléctrica a la demanda horaria y estacional de electricidad. 3) Necesidad de una capacidad considerable de generación de base (carbón, nuclear, hidroeléctrica) u oferta constante a lo largo del día, complementada con plantas flexibles (gas natural, hidroeléctricas) para satisfacer la demanda adicional en horas pico. 4) Tarifas fijas por kilowatt/hora para los consumidores domésticos.


En este escenario, se pensaba que las energías renovables (especialmente la energía solar fotovoltaica y eólica) no podían ocupar un papel mayoritario en el sector eléctrico por no ofrecerse en grandes plantas centralizadas. También, por su carácter intermitente que, se creía, ponía en riesgo la estabilidad del sistema, y por no ser firmes o no estar disponibles todo el tiempo, además de su alto costo de inversión.

El progreso tecnológico y nuevas políticas climáticas y de sustentabilidad han trastocado esas premisas, y la Reforma Energética ha creado el nuevo andamiaje institucional y regulatorio consecuente. Las energías renovables (solar y eólica) tienen un costo marginal de cero, lo que presiona a la baja los precios de la electricidad y costos del sistema, además de ser acreedoras a Certificados de Energía Limpia, gracias a legislación clave de la Reforma Energética. Por ello son cada vez más competitivas que las energías fósiles, y lo serán más gracias a nuevos materiales semiconductores y a avances espectaculares en tecnologías de la información.


La energía solar es por naturaleza energía distribuida, es decir, generada en el mismo sitio de carga o consumo, lo que ahorra costos de transmisión y porteo, y evita pérdidas en el transporte. Los consumidores pueden generar su propia electricidad a bajo costo, y pronto, incluso, independizarse de la red. Las tecnologías de la información permiten el desarrollo de redes inteligentes, en donde la demanda o el consumo de electricidad pueden ajustarse con gran flexibilidad a variaciones en costos o en la oferta disponible. Aparatos eléctricos pueden entrar en funciones cuando rigen las tarifas más bajas, al igual que los procesos de carga de vehículos eléctricos, enviando información en tiempo real al operador del sistema para adaptarlo y optimizarlo continuamente, reduciendo así los costos para todos. La ampliación geográfica de las redes, más líneas de transmisión y más interconexión hacen posible que se incorpore una amplia diversidad de fuentes renovables de generación, ofreciendo cobertura a la intermitencia: si en una región no sopla el viento o no hay luz solar disponible, los habrá en otra. La modificación de los husos horarios hace que se redistribuyan las demandas pico sobre el sistema, que se presentan en las primeras horas de la mañana y de la noche.


El almacenamiento a gran escala de energía ya es una realidad. El avance acelerado en la tecnología y economías de escala en la producción de baterías las hace cada vez más accesibles, no sólo para casas habitación y pequeños comercios o industrias, sino a nivel de red; éstas pueden reaccionar en forma instantánea a variaciones en la demanda. El almacenamiento de energía resuelve los problemas de intermitencia que puedan plantear la energía solar y eólica, y no sólo en baterías, sino también en presas hidroeléctricas reversibles.

Este nuevo escenario integra a instituciones de mercado con la sustentabilidad energética. Las grandes empresas de generación y distribución de electricidad (como la Comisión Federal de Electricidad) deben cambiar su modelo de negocio, más allá de la simple expansión de infraestructura y de la base de consumidores.



 
 
 

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